Ayer le leí las líneas de la mano a un vendedor ambulante de pulseras y demás chucherías que pasean sus artículos de bar en bar y de mostrador en mostrador, como dice el tango. Le dije lo primero que se me pasó por la cabeza, supongo que acerté porque me regaló una de sus pulseras de la suerte. Parece que mi intuición funciona bien. Ese sexto sentido debe ser un poco escurridizo porque no me ayuda mucho en otras cuestiones. Quizá sólo se active para ayudar a los demás. Últimamente no hace más que venirme a la cabeza el recuerdo de un episodio relacionado con esta ilógica percepción de la realidad. Mi tía, cartuxeira de oficio y meiga creo que de afición, me echó las cartas un día siendo niña. Me dijo que no iba a tener suerte en el amor, así cada vez que entro en desamor maldigo ese día aciago en que mi tía me predijo un futuro incierto y funesto. Claro que como todas las historias crueles los sucesos se desarrollan sin que los actores den importancia fundamental a estos hechos que por otra parte son esenciales en su porvenir. Los acontecimientos sobrevendrán sin que ponga de antemano nada para remediarlo. Las parcas ya han hilado.