Me desperté con el recuerdo de un duro comentario procedente de una conocida en el que se refería a mi como a una casquivana. Duro es oir esas palabras después de haber estado en la tesitura de querer a una persona que tiene claro que no desea querer a nadie.
Despreciada por alguien que para mi era más que un amigo y por los comentarios sarcásticos de aquellas sesentañeras que creen que solo hay una forma de no estar casada: soltera y entera. Que todavía estamos en el franquismo, señoras y señores.
Dando vueltas a esa desacertada ocurrencia he reparado en mi necesidad de sentirme entendida y de que las personas que me conocen compartan lo ocurrido. ¿Es respuesta a un sentimiento de culpabilidad o de intentar remediar una carencia afectiva que él no quiso mitigar? Acaso un esfuerzo por hacer un pequeño apaño y recuperar lo último que me queda de orgullo. No lo sé, pero desde luego todo esto ya no tiene importancia. Nunca sabré si él me ha querido alguna vez, y eso sí todavía me duele. Qué me queda salvo la certeza de saber que estando en una situación muy delicada su voz no sonó por el teléfono ni su mano se posó sobre la mia ni su mirada me socorrió para darme un poco de paz.
Perdía un embarazo que él no deseaba y la pérdida no hizo que se acercara noblemente para solo saber si me encontraba bien en el hospital. Ni siquiera eso. Yo no era su novia y así me introdujo en el mundo de los extraños a sus ojos, de los olvidados; para él mi estado resultó una gran herida que no me perdonará. El que a fuego mata a fuego muere, por no haber elegido su “amistad” en lugar de mi embarazo.
Mi rebelión fue darme cuenta de mis necesidades en un mundo en el que funcionamos por la ley de la mayoría. Las rarezas no existen ni las excepciones.
De todo ello aprendí que necesito ser querida y que me quieran totalmente y no por momentos, por cuartos de hora indecisos o por poses de amistad mal entendida.
Ariadna está en Naxos, pero no por decisión de otro, sino de ella; aunque esa decisión sea muy dolorosa de asumir y de llevar a cuestas.
Quisiera olvidar pero el pensamiento puede más que mi voluntad.
Dejad que llore mi dura suerte y que suspire por la libertad.
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